
El sargento William James llega a Irak para formar parte de un grupo de comandos especializados en la desativación de trampas explosivas. Las numerosas misiones que deberá cumplir le irán descubriendo la realidad de un conflicto del que parece no haber salida.
"Vivir al límite" es una de esas películas que habitualmente encantan a los críticos de cine de todas partes pero que a pesar de ser multipremiada en cada festival que se presenta, igualmente resulta bastante ignorada por la mayoría del público. Prueba de ello es el pésimo resultado en taquilla que tuvo en Estados Unidos donde apenas logró recuperar el costo total de su realización.
Es quizás, y probablemente, algo injusto para un film que más allá de los premios recibidos -que pueden ser merecidos o no, eso es discutible- no promete más de lo que termina dando. Muchos de los detractores de la multipremiada película de Kathryn Bigelow le achacan el hecho de no ser un producto políticamente jugado en ningún aspecto, cosa que es cierta. Al film de Bigelow no le interesa condenar ni criticar la ocupación del ejército estadounidense de Irak sino que se limita a mostrar en acción a un grupo de soldados operando lejos de su país, con sus miedos y sus dudas, sin juicios de valor sobre sus actividades y lejos de las estridencias habituales del cine de acción hollywoodense.
"Vivir al límite" se compromete exclusivamente con lo que narra y con sus protagonistas, con nada más. El resultado es una película de guerra que funciona correctamente como tal, en buena medida por el estilo pausado y casi documental por el que Bigelow optó para narrarla que le funciona bastante bien y que salvando algunos bajones de ritmo esporádicos, mantiene la tensión durante casi todo su desarrollo.
No hay una historia lineal pero si un personaje central; el soldado William James (Jeremy Renner, en una buena actuación aunque dudosamente merecedora de la nominación al Oscar que obtuvo por la misma) personaje a través del cual vemos diferentes facetas del conflicto en el que está envuelto así como las motivaciones personales que lo impulsan -como a sus compañeros- a continuar peleando una guerra que poco le interesa pero que íntima e irónicamente siente como un motor para su vida. Tampoco hay un comienzo y un final como los que habitualmente el espectador medio concibe como tales -de hecho, el final de la película es prácticamente el comienzo- ya que todo el relato funciona como un conjunto de viñetas, de pequeñas misiones que los protagonistas deben realizar con breves intervalos entre ellas que sirven para presentar algunas facetas personales de los personajes centrales que ayudan a darle cierta de dimensión a los mismos.
El trabajo de Bigelow es tan correcto como efectivo, pero a mi juicio dista mucho de ser merecedor de un premio de la Academia. Lo mismo se puede decir de su película, que está lejos de ser un nuevo "Pelotón" (1986) o "Nacidos para matar" (1987) películas referenciales del cine bélico posterior a su realización y que a diferencia del film de Bigelow prefirieron exponer una severa crítica sobre un conflicto bélico en particular y sobre la vida militar en general. Por el contrario, la directora se mantuvo muy lejos de esa intención y se concentró exclusivamente en resolver las diversas secuencias de acción de la manera más pulcra posible al punto que estética y emocionalmente resultan casi perfectas.
Más allá del merecimiento o no de los premios que recibió, "Vivir al límite" funciona correctamente como film de acción. No busca crear polémicas, ni discusión, ni tampoco ofrece salidas o reflexiones sesudas sobre los por qué de un conflicto que a estas alturas parece eterno, pero tampoco tiene la obligación de hacerlo. Seguramente no pasará a la historia de lo mejor del cine bélico, pero es indudable que es un producto bien filmado y bastante entretenido. Yo diría que con eso ya es suficiente.

Prácticamente no hay en todo ese tiempo ninguna ocurrencia que se pueda llamar realmente graciosa -salvo quizás la secuencia de la clase de yoga y alguna más perdida por ahí- lo que hace que la película mantenga olímpicamente su chatura durante sus 120 minutos . El elenco tampoco ayuda mucho y el solo hecho de ver al veterano Jean Reno haciendo de francés pirado, en un papel secundario bochornoso que termina de hundir definitivamente su carrera en Hollywood, remata toda expectativa que uno pueda tener de que la cosa mejore.
La dirección de Martin Campbell, un especialista en cine de acción que cuenta en su curriculum con la resurrección de el Zorro en "La leyenda del Zorro" del año 2005 y del nuevo James Bond en "Casino Royale", es solo correcta pero intachable, ya que con el material con el que contaba su talento detrás de las cámaras poco podía hacer.
Igual de lineal que el argumento de la historieta en la que se basa, su principal virtud es serle bastante fiel en ese y en casi todos los demás aspectos. No hay grandes sorpresas en su desarrollo ya que desde el inicio cualquier espectador mas o menos curtido en este tipo de películas puede deducir de que va el asunto y los motivos potenciales por los cuales el misterioso asesino está eliminando personas. El director Dominic Sena, ferviente admirador de la obra impresa, luchó durante años para llevarla al cine y dirigirla. Es una pena que no lo haya logrado una década atrás, cuando probablemente un film con estas características hubiese funcionado un poco mejor al no tener que competir con tantos productos de suspenso similares.